Libro de la Vida. Cap. 28

En este capítulo, Teresa centra la narración en nuevas experiencias místicas, “apariciones de Cristo”;  descripción  de estos fenómenos y los efectos que producen.

Un día de San Pablo[1], estando en misa, se me representó toda esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado, con tanta hermosura y majestad que no se puede decir que no sea deshacerse. Sólo digo que, cuando otra cosa no hubiese para deleitar la vista en el cielo sino la gran hermosura de los cuerpos glorificados, en especial ver la Humanidad de Jesucristo, Señor nuestro. 

No es resplandor que deslumbre, sino una blancura suave y el resplandor infuso, que da deleite grandísimo a la vista y no la cansa. Es una luz tan diferente de las de acá, que parece una cosa tan deslustrada la claridad del sol que vemos, en comparación de aquella claridad y luz que se representa a la vista, que no se querrían abrir los ojos después. Es luz que no tiene noche, sino que, como siempre es luz, no la turba nada. En fin, es de suerte que, por gran entendimiento que una persona tuviese, en todos los días de su vida podría imaginar cómo es.

Es imagen viva; Cristo vivo; y da a entender que es hombre y Dios; no como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado; y viene a veces con tan grande majestad, que no hay quien pueda dudar sino que es el mismo Señor, en especial en acabando de comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo dice la fe. ¡Oh Jesús mío!, ¡quién pudiese dar a entender la majestad con que os mostráis! Aquí se ve claro, Jesús mío, que queréis dar a entender al alma cuán grande es, y el poder que tiene esta sacratísima Humanidad junto con la Divinidad. Aquí es la verdadera humildad que deja en el alma, de ver su miseria. Aquí el verdadero arrepentimiento de los pecados, que aun con verle que muestra amor, no sabe a dónde se meter, y así se deshace toda. Digo que tiene tan grandísima fuerza esta visión, cuando el Señor quiere mostrar al alma mucha parte de su grandeza y majestad, que tengo por imposible sufrirla ningún sujeto. Tan imprimida queda aquella majestad y hermosura, que no hay poderlo olvidar. Queda el alma otra, siempre embebida.

[1] Probable, 25 de enero de 1961

2020-03-09T11:14:43+00:00